Cuando los hijos maltratan a sus padres

Jesus L. Rodriguez

Laura tiene solo 14 años y una orden de alejamiento de sus padres. Lleva seis meses ingresada en el Centro de Menores Colonia San Vicente Ferrer de Valencia. El motivo: un juez tomó la decisión tras la denuncia que interpusieron sus progenitores cansados de que empujara a su madre, desbordados por tantas vejaciones continuas.

Tras medio año de tratamiento ha empezado a ver la ‘luz’. Ya reconoce sus errores. «Me he dado cuenta de que la vida no sólo es estar en la calle, que era donde siempre quería estar. Tengo una familia a la que debo hacer caso, sólo tengo una madre y un padre. En casa tenía muchos problemas, no me iba nada bien, me saltaba clases… ahora siento vergüenza por mi comportamiento», detalla esta joven.

Como ella hay muchos, demasiados, chicos y chicas que empiezan desobedeciendo a sus padres, para pasar al insulto o a la amenaza, seguir con la ruptura de objetos de casa y acabar levantando la mano… Y muchos padres, también, que viven con miedo a sus hijos. Perdieron hace tiempo el libro de instrucciones para educarlos.

Las cifras aportadas por José Miguel de la Rosa, de la Fiscalía General del Estado, durante eI I Congreso Internacional Padres e hijos en conflicto (que se acaba de celebrar en Madrid), son la mejor prueba de que España está ante un grave problema que, además, va en aumento. «Desde finales de 1990 estamos asistiendo a un crecimiento preocupante de padres que denuncian a sus hijos. Así, en 2007 fueron 2.683, pero en 2008 ya estábamos por 4.211. En 2009 fueron 5.209 y en 2010, 8.000″, aclara.

La notable preocupación de psicólogos, psiquiatras, psicopedagogos, educadores, profesores, madres y padres por la pérdida de respeto de los adolescentes a la autoridad, por las vejaciones constantes que sufren los progenitores y por la necesidad de frenar la violencia filio-parental es la razón fundamental que les ha empujado a concentrarse durante dos días en la capital, convocados por la Asociación para la Gestión de la Integración Social (GINSO) y el Programa Recurra.

Javier Urra, director del Programa Recurra (una iniciativa que permite ofrecer tratamiento y ayuda a los niños y a los padres en conflicto y que cuenta con una campus residencial para los casos más graves), reconoce: «Esta nueva realidad a la que hay que hacer frente es un problema social, porque las agresiones también suceden en los colegios, en la calle, pero sobre todo, porque esta situación es un mal pronóstico para la violencia de género. Si un chico pega a su madre, qué no hará en su día con su novia o su mujer».

Consciente de la necesidad de ayudar a las familias desde que «un día me encontré ante una madre que llevaba la cara vendada porque su hijo le había partido la nariz al darle con la hebilla de su cinturón porque, tal y como él me dijo, ‘la muy puta no me había lavado la camisa verde», este experto admite que «sólo uno de cada ocho padres se atreve a denunciar». Si se suma a este hecho que únicamente «se puede llevar ante la Justicia a los mayores de 13 años, la cifra de casos se elevaría de forma significativa».

Se trata de un problema de países ricos, impensable hace 30 años en nuestro país. «Esto no ocurre en familias gitanas, por ejemplo, ¿qué niño gitano se atreve a pegar a su madre? Ninguno, porque el principio de autoridad está muy claro en estas sociedades», agrega el psicólogo Urra.

Perfiles

Chicos de entre 14 y 18 años, «aunque también hay casos de padres que no pueden con sus hijos de cinco o nueve», de clase media alta, forman parte del perfil del niño maltratador. «Aunque estamos asistiendo a un aumento preocupante de chicas (ya son un tercio de los casos) que agreden». Y aunque estos pequeños ‘dictadores’ solían proceder de familias desestructuradas o consumir drogas, hoy en día los abusos pueden producirse en el seno de cualquier hogar, aunque parece que se «aprecia cierta prevalencia en familias monoparentales o reconstituidas, en casos de divorcio, en hijos de padres mayores y con niños adoptados», reconoce Javier Urra.

La voz de Carmen Arnaz ejemplifica lo que es ser una víctima de esta forma de violencia. «Los problemas con mi hijo que ahora tiene 18 años empezaron a la vez en casa y en el colegio, pero al llegar la adolescencia se hizo desbordante. Se pasa realmente mal, es tu hijo, le quieres pero no puedes con él y finalmente tienes que tomar la decesión de denunciarle».

Por su experiencia, y para ayudar a otras familias que están atravesando una situación similar a la suya acaba de crear (nace en enero de este año) la Asociación de Familias por la Convivencia (AFASC). «Aquí los padres comparten sus experiencias, se les asesora y orienta. También pretendemos aprender herramientas para el fortalecimiento de los lazos afectivos».

Los motivos

Porque todos se preguntan ¿Por qué? Para Alejandra Vallejo-Nájera, psicóloga y escritora, «la familia no es una democracia. Los menores no pueden ejercer el papel de adultos y los padres tienen que saber poner límites».

Coincide con ella Eddi Gallagher, psicólogo australiano y trabajador social. «Llevo 28 años con padres maltratados por sus hijos. Cuando empecé había muy poca literatura científica al respecto y se había investigado muy poco. Todo pese a que no hay violencia comparable a la filio-paternal. Los progenitores sienten mucha vergüenza y creen, además, que son los responsables. A esto se añade el desamparo, la poca ayuda que tienen de la sociedad. No hay ningún sistema en el mundo que esté abordando bien esta situación«.

Este experto asevera que los afectados suelen ser «padres demócratas e indulgentes, permisivos». A lo que Javier Urra añade: «No imponer normas, no mantenerse firme en los castigos, buscar a una tercera persona para sancionar», son el abono idóneo para el conflicto entre padres e hijos. «La tiranía se aprende, y si no hay normas, los pequeños interiorizarán que tienen un esclavo y, de más mayores, serán incapaces de manejar la frustración».

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